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El origen de la cosmología medieval

Gracias al triunfo del cristianismo en el s. V., la civilización occidental quedaría libre de muchas supersticiones paganas y se prepararía el camino para el surgimiento de la ciencia moderna. Sin embargo, la nueva religión aún estaba atada al pensamiento antiguo. Cosmología, cosmogonía y dogmas religiosos estaban fuertemente mezclados, de tal manera que no era posible modificar las ideas sobre la naturaleza sin vulnerar el sistema teológico. La Biblia era considerada como receptáculo de una verdad absoluta revelada por Dios en una comunicación directa con los patriarcas, profetas y apóstoles. En el pensamiento antiguo, los dogmas religiosos no solamente dominaban el estudio de la naturaleza, sino que también determinaban la sociedad. Así, cuestionar de cualquier manera la teología oficial implicaba un desafío a la autoridad, un acto de rebelión contra el Estado.

Cuando el cristianismo fue adoptado como religión oficial del imperio, la nueva religión se incorporó en el sistema educativo y las instituciones académicas, de tal manera que llegó un punto cuando el cuerpo de eruditos era cristiano, y todo estudio oficial estaba fundamentado en la dogmática de la iglesia cristiana. Este proceder no es extraño si se considera que para el hombre medieval la verdad absoluta estaba revelada en la Biblia, lo cual tuvo el efecto de fomentar el trabajo de deducción e inferencia basado en la Biblia y el poco interés en los estudios empíricos inductivos. ¿Para qué perder tiempo interrogando a la naturaleza cuando Dios, el creador de todas las cosas, le había comunicado a la humanidad la verdad? Más aún, Dios reveló lo que el hombre necesitaba saber, por lo tanto, ¿no era perder el tiempo irreverentemente buscando otro conocimiento? Todos estos hechos e ideas retrasaron el progreso en los estudios cosmológicos y cosmogónicos durante siglos, en el largo período conocido como la Edad Media. Uno tiende a culpar a la iglesia por este retraso, pero debemos considerar que era natural para los hombres de la edad media tener un pensamiento antiguo. Ellos lo heredaron de los romanos, y es dificil concebir que pudiesen pensar y actuar de otra manera. Así que cuando hablamos de “retraso” lo hacemos en términos de las posibilidades intelectuales y técnicas sin consideraciones culturales.

Los avances griegos

En un principio, los griegos compartieron la cosmología del cercano oriente. Poetas y filósofos en general, como Homero, Hesíodo, Tales de Mileto y Anaximandro, creían en una tierra plana. Los primeros en proponer que el mundo era una esfera fueron los pitagóricos (500 a.C.) y Parménides (475 a.C.). Sin embargo, en esa época aún muchos intelectuales, como Anaxágoras, Empédocles, Demócrito y Heródoto, y el pueblo en general, seguían creyendo en una tierra plana. Sólo fue hasta que Platón (428 – 347 a.C.) divulgara el modelo de la tierra esférica, que dicha idea fue aceptada por los filósofos, aunque el vulgo aún creía en una tierra plana. Cuando los filósofos griegos se plantearon que el mundo era esférico, su concepción del universo cambió. Ya no creían que las estrellas estaban fijas en un domo, sino que el universo era lo que abarcaba una gran esfera, a la cual estaba fijada el sol, y en cuyo centro se encontraba la tierra. Por su parte, Heráclides Póntico (390 – 310 a.C.), explicó el movimiento aparente de la bóveda celeste como la rotación diaria de la tierra.

Los pitagóricos, sin embargo, tenían otro modelo del sistema solar, y esto por razones místicas. Ellos creían que en el centro del universo se encontraba un gran fuego, que no era precisamente el sol, sino que éste y los demás planetas, incluyendo la tierra, giraban alrededor de aquél. Razonaban así por considerar al fuego como el elemento más perfecto, y por lo tanto digno de estar en el centro. Aristarco de Samos (310 – 230 a.C.) calculó el tamaño de la tierra, el del sol y la luna, y la distancia de estos objetos a nuestro planeta. Concluyó que el sol era de seis a siete veces más ancho que la tierra, y cientos de veces más voluminoso. Al parecer la influencia de un discípulo de Pitágoras, Filolao de Crotona (470 – 385 a.C.), y los cálculos de los tamaños relativos de la tierra, el sol y la luna, llevaron a Aristarco a proponer que el sol se encontraba en el centro del universo. Aristarco hizo coincidir el fuego central de Filolao con el sol, debido a que éste era mucho más voluminoso que la tierra, y por lo tanto no tenía sentido que orbitara alrededor de un cuerpo más pequeño.

El sistema heliocéntrico no fue muy popular entre los filósofos griegos. Aristóteles lo rechazó, y según Plutarco, Cleantes de Asos (contemporáneo de Aristarco y líder de los estoicos) pensaba que Aristarco era digno de ser condenado por impiedad por haber “movido” el trono de Zeus. Este es un ejemplo de cómo, desde la antigüedad, la cosmología está asociada con la religión, y que el proponer una cosmología no tradicional puede ser visto como un crimen. Sólo se tiene noticia de que Seleuco de Seleucia aceptara el sistema heliocéntrico después de Aristarco.

Fe y Razón en San Angustín

San Agustín estaba familiarizado con la obra de los filósofos griegos, en particular con la de Platón. La filosofía griega representaba en el s. V el mayor logro de la razón humana. Siendo un hombre educado, a San Agustín le habrá inquietado las aparentes diferencias entre la filosofía griega y las creencias cristianas. Probablemente esto fue lo que le motivo a escribir una obra acerca de la literacidad del Génesis, en la cual propone ciertos criterios para que los cristianos traten convenientemente los conflictos entre la fe y la razón. Era evidente para San Agustín que la interpretación literal del Génesis implicaba conflictos con las ideas entonces en boga acerca de la naturaleza. En su obra él escribió: “En esta obra hay más preguntas plantedas que respuestas encontradas, y de las respuestas encontradas no muchas han sido ratificadas como ciertas. Aquellas que no han sido ratificadas, se han propuesto para un estudio posterior”.

San Agustín es muy cauteloso a la hora de fijar posiciones ante los estudios de la naturaleza. Dice en su libro: “Ahora bien, con la mesura y seriedad que siempre hay que tener en materia religiosa, no debemos creer temerariamente nada sobre un punto oscuro, no sea que lo que después la verdad ponga de manifiesto, aunque no se oponga de ningún modo al Antiguo o Nuevo Testamento, sin embargo, lo rechacemos por defender apasionadamente nuestro error” (De Genesis ad literam, lib. II, al final). Sin embargo, es muy categórico al afirmar que en caso de conflicto, la revelación debe privar sobre cualquier estudio filosófico. Efectivamente:

Se debe mantener sin ninguna duda, y así lo declaramos, que cualquier cosa que los sabios de este mundo puedan demostrar verazmente sobre la naturaleza de las cosas, no es contraria a la Sagrada Escritura; por el contrario, cualquier cosa que aquellos enseñen en sus libros contraria a la Sagrada Escritura, sin duda ninguna creemos que es totalmente falsa y así lo declaramos con toda firmeza. Por tanto, tengamos una fe muy grande en Dios, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría de forma que ni nos seduzca la locuacidad de la falsa filosofía ni nos aterrorice la superstición de una religión que no es verdadera (Genesis ad literam, lib. I, cap. 21).

Esta postura de San Agustín dominaría la filosofía cristiana durante la Edad Media y fue la raíz del conflicto entre los científicos y la iglesia en la edad moderna. La predilección de los eruditos cristianos por Aristóteles y Platón llevó a considerar su obra de una manera dogmática, menospreciándose las ideas de los demás filósofos griegos. La cosmología de una Tierra esférica que se hallaba inmóvil en el centro del universo, fue adoptada en lugar del sistema heliocéntrico de Aristarco de Samos y la tierra móvil de Heráclides Póntico. El progreso en el conocimiento de la naturaleza, aunque se retrasó, era inevitable, y al fin afloraron las discrepancias entre lo que percibían los científicos y lo que sostenían los teólogos. En próximas publicaciones abordaremos los conflictos entre fe y razón en el renacimiento.

En busca del conocimiento de lo sobrenatural

Ya hemos visto que los autores bíblicos se basaron en la cosmología y cosmogonía de los antiguos mesopotámicos. Éstos tenían la creencia de que la tierra era plana, con forma de disco que flotaba sobre un océno primigenio y que la estructura del cielo era una cúpula sólida de la cual colgaban los astros. En cuanto a sus ideas de los orígenes, creían que todo había surgido de la unión de las aguas primigenias Tiamat y Abzu. En un principio, los sumerios tenían creencias animistas, pero por su contacto con los semitas, su religión incorporó dioses antropomorfos.Todas estas creencias son bastante primitivas a nuestro parecer, y las consideramos erróneas hoy en día. El hecho de que los autores de la Biblia se hayan basado en estas creencias, ¿hace de sus ideas algo erróneo? Si pensamos en términos absolutos, probablemente sí. Para el que tiene fe religiosa en la Biblia, no hay término medio, o la Biblia es cierta o no lo es, o contiene la verdad absoluta o es un error. Curiosamente, la posición del ateo es básicamente la misma. La única diferencia entre el ateo y el cristiano es que el primero cree que las doctrinas bíblicas son erróneas y el cristianao cree que son la verdad absoluta. Quizás debamos aclarar que los cristianos que estamos considerando aquí son fundamentalistas, pues no todos los que profesan ser cristianos tienen esta postura tan radical. También debemos decir que los ateos son en cierto sentido fundamentalistas como sus antagonistas cristianos. Un término medio serían los agnósticos y los cristianos que creen en la evolución teísta.

En nuestro caso particular, quisiéramos colocarnos en una postura no fundamentalista, es decir, no profesamos poseer una verdad definitiva acerca de la Biblia o de Dios. Esta postura puede desarrollarse si se consideran las ideas de los antiguos profetas y maestros de la religión, no como posturas acabadas, sino como propuestas sujetas a crítica. Así como el científico especula acerca del mundo natural, el teólogo puede considerar las declaraciones de los profetas como especulaciones acerca del mundo espiritual. Así como las especulaciones de los científicos están sujetas a crítica, las ideas de los profetas también deben estarlo. Según esta manera de ver las cosas, el conocimiento religioso no es algo absoluto y está sujeto a modificación. Esto permite que podamos percibir la evolución del conocimiento religioso. Podemos ver cómo el conocimiento religiosos evolucionó desde el animismo sumerio primitivo al politeísmo antropomórfico semita, y de allí al monoteísmo hebreo. Luego el cristianismo evolucionó del judaísmo legalista y nacionalista a una religión individual y universal enfocada en la esencia de lo espiritual más que en las formas de la religión. En cada paso se verificó una revolución de las ideas religiosas. Y aunque los autores bíblicos se basaron en las ideas de los sumerios y acadios, llegaron a desarrollar una visión de lo divino y lo natural que rompió con las antiguas tradiciones de Mesopotamia. Las ideas de los hebreos contribuyeron a purgar la mente de los antiguos de muchas supersticiones. En primer lugar le quitaron a la naturaleza el carácter místico que tenía. Luego hicieron del concepto de Dios algo universal y único, trascendente a los pueblos. Dios era uno para todo el mundo, y era el Creador de todas las cosas. Esto permitió que se dejara de ver la naturaleza como el escenario y el arsenal del conflicto entre dioses caprichosos. Ahora toda la naturaleza obedecía a un sólo conjunto de leyes decretadas por un único monarca divino. Estas ideas serían fundamentales para el surgimiento y desarrollo de la ciencia moderna.

Tenemos entonces que hay un progreso en el conocimiento teológico, y que no resulta de provecho considerar este conocimiento como absolutamente verdadero o absolutamente falso. Nadie puede descartar científicamente la idea de Dios, aunque actualmente es muy difícil sostener las doctrinas bíblicas como verdad absoluta. Sin embargo, nos preguntamos si hay ideas bíblicas que puedan ser útiles en la búsqueda de la verdad acerca de Dios, de lo sobrenatural, ése debería ser el objetivo de la teología. En el pasado la teología ha pretendido estar fundamentada en una verdad absoluta revelada, pero a medida que el conocimiento de la naturaleza ha progresado, se ha puesto en evidencia que este enfoque ya no es útil, pues la ciencia ha entrado en conflicto con la religión. Si queremos obtener algún conocimiento útil acerca de lo trascendental, la teología debe abandonar la pretención de poseer verdades directamente reveladas. La teología moderna debe permitir la crítica y debe dejar de reverenciar la tradición si quiere llegar a tener un conocimiento objetivo sobre la realidad espiritual.

Actualmente percibimos que un enfoque de la teología como el que proponemos, no es muy popular. Pareciera que a los ateos se les hubiese revelado que Dios no existe, los cristianos y los islamistas fundamentalistas tienen una postura demasiado comprometida con sus tradiciones religiosas, los agnósticos han descartado de antemano la posibilidad de alcanzar algún conocimiento de lo sobrenatural y muchos cristianos que no son fundamentalistas consideran que poseen una verdad espiritual que es completamente independiente de la ciencia. Si la realidad sobre Dios y lo espiritual es completamente independiente de la naturaleza, ¿cómo podremos llegar a un conocimiento objetivo sobre ella? En este punto los religiosos más fervientes dirán que esta realidad sólo se puede percibir por medio de la fe, la cual está definida en la Biblia de la siguiente forma: “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1). Si el conocimiento acerca de lo sobrenatural sólo es accesible por medio de la fe, dicho conocimiento es entonces subjetivo. El problema de esta postura es que deja expuesto al que busca la verdad al autoengaño. Muchos son los que llamándose profetas aseguran decir la verdad de parte de Dios, pero a menudo los profetas se contradicen entre sí. ¿A cuál debemos creer? Si la respuesta está en la fe, entonces corremos el riesgo de depositar demasiada confianza en las invenciones humanas.

La inspiración de los profetas



En los últimos posts hemos visto que la Biblia está relacionada con las creencias filosóficas y religiosas de los antiguos pueblos de Mesopotamia. Ahora permanece la pregunta, ¿cuál es el origen de esta relación? ¿Cómo se explica? Hay varias posibilidades: 1) Tanto los registros de Mesopotamia como la Biblia tienen una tradición oral común. 2) Los autores bíblicos se basaron en los registros de los pueblos de Mesopotamia cuando compusieron los escritos que componen la Biblia. Otra pregunta importante es si los acontecimientos a los que hace referencia el Génesis en sus primeros capítulos son reales. Si lo fuesen se explicaría el hecho de que se hayan conservado registros de ellos luego de haber pasado por una tradición oral. O quizás los mitos babilónicos son un recuerdo distorsionado de tales acontecimientos y el Génesis presenta la historia primitiva del planeta como les fue revelada a los profetas por Dios. Si este último fuese el caso, se podría considerar a los relatos mesopotámicos y los relatos bíblicos como independientes, cuya relación reside únicamente en que los acontecimientos a los que hacen referencia son reales.

¿Una comunicación directa del cielo?

Primero abordaremos la cuestión de si los acontecimientos del Génesis son reales o no. Esta proposición tiene una gran dificultad y es explicar por qué los autores bíblicos reflejaron las concepciones cosmológicas de la antigüedad, dado que dichas concepciones, como sabemos, son erróneas. Las ideas que tenían los antiguos respecto del universo concuerdan con observaciones superficiales e ideas ingenuas acerca del mismo. Las observaciones modernas hechas con la ayuda de sofisticados instrumentos no armonizan con las cosmologías antiguas. Tómese por ejemplo el hecho que nos plantea el Génesis de que el Sol, la Luna y las estrellas fueron creados después del cielo. Esta idea armoniza con la creencia de que los cuerpos celestes colgaban de un firmamento, el cual no era otra cosa que una bóveda sólida que se encontraba sobre la tierra. Por otro lado, es muy difícil armonizar estas ideas del Génesis con lo que se conoce actualmente cerca de la Tierra y el Sistema Solar. Hoy sabemos que el diámetro solar es 109 veces mayor que el de la Tierra, lo cual implica que en el Sol caben más de un millón de planetas como la Tierra. El 99,86 % de toda la masa del Sistema Solar está concentrada en el Sol. Es por ello que la Tierra gira alrededor del Sol y no viceversa. Hasta ahora se presenta como una tarea imposible el concebir una teoría científica que sostenga que el Sol se originó después que la Tierra y que al mismo tiempo explique los hechos que se conocen actualmente sobre el Sistema Solar. Más difícil aún es sostener científicamente la idea de un firmamento sólido, la tierra plana y que los continentes floten sobre el océano. El planteamiento bíblico de que el agua es el elemento primordial también tiene sus dificultades. Por ejemplo, tres cuartas partes de la masa solar es hidrógeno, el resto es más que todo helio y sólo un 2% de su masa está constituído por otros elementos, como hierro, carbono y oxígeno. Hoy sabemos que la materia primordial de donde surgieron los demás elementos es el hidrógeno. Pero incluso el hidrógeno tuvo un origen según las teorías cosmogónicas modernas, mientras que en la Biblia no se menciona la creación del agua. Adicionalemente, podemos mencionar aquí que las cronologías bíblicas con respecto a los orígenes del Sistema Solar, la Tierra y la vida no corresponden con las observaciones actuales, las cuales nos dicen que todas estas cosas datan de mucho más de los seis mil años que plantea la Biblia. En otro post abordaremos este asunto.

Alguno puede afirmar que las teorías científicas van y vienen, que algún día las teorías científicas actuales pueden quedar refutadas y que las nuevas teorías que ocupen su lugar estarán más en armonía con la Biblia. Una afirmación tal sólo puede provenir de una fe ciega y no le ofrece al sincero buscador de la verdad una guía objetiva para orientarse. El cristiano que afirme que el universo no se puede comprender racionalmente, está abogando por el irracionalismo, posición ésta que es contraria a la cosmovisión teísta que dió origen a la ciencia moderna (véase Ro. 1:19,20). De todas maneras, resulta sospechoso que las declaraciones de la Biblia con respecto a la naturaleza armonicen con las cosmologías de las antiguas civilizaciones que florecieron en el cercano oriente. Al aplicar la navaja de Ockham a este problema sólo queda una explicación racional: los acontecimientos registrados en la Biblia acerca del origen y estructura del cosmos no son reales y están fundamentados en las ideas primitivas que tenían los antiguos pobladores de Mesopotamia. Esta conclusión está corroborada por el hecho de que el contenido de la Biblia no sólo refleja las ideas cosmológicas de los antiguos pueblos de Mesopotamia, sino sus ideas cosmogónicas también. Considérese por ejemplo el origen de la mujer. Según el Génesis Eva provino de la costilla de Adán. Esta idea no corresponde con ninguna observación de la naturaleza y parece arbitraria. Sin embargo, si corresponde con una antigua leyenda sumeria sobre el origen de las plantas, como hemos visto en un post anterior.

Concluimos entonces que los relatos bíblicos de los orígenes y de la estructura del universo, no reflejan la realidad, lo cual hace muy difícil concebir que lo que registraron los autores bíblicos fuesen revelaciones directas del cielo a los profetas. Si esto es así, ¿cuál es la naturaleza de la inspiración de los profetas bíblicos? Dicha inspiración puede ser más común de lo que algunos piensan, siendo la misma de los poetas. En este sentido es interesante lo que dice el apóstol Pablo refiriéndose a cierto poeta griego, al cual llama
profeta. Él dice, citando a un poeta cretense: “Dijo uno de ellos, propio profeta de ellos: Los Cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos” (Tit. 1:12). De modo que para Pablo los poetas griegos eran profetas, y no necesariamente falsos. Téngase en cuenta también que Homero estableció el fundamento de la religión griega, siendo la obra atribuida a él una serie de poemas épicos, aunque no pocos especialistas hoy en día dudan de la historicidad de Homero. Resulta evidente entonces que para los antiguos la profecía no difería fundamentalmente de la poesía.

Lo que caracteriza la inspiración poética o artística es la imaginación y la apelación a los sentimientos. ¿Quiere decir que los profetas bíblicos se lo inventaron todo? No es tan sencillo como eso. En la composición de la Biblia han intervenido una tradición oral y escrita, observaciones de la naturaleza y del hombre y, como hemos dicho, la inspiración. Todos estos factores limitaron a los profetas y a los autores de la Biblia de tal modo que no comunicaron simplemente lo que quisieron. En palabras del apóstol Pedro: “Pero ante todo sabed esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios” (2 P. 1:20,21; Biblia de las Américas). Nosotros sabemos que los mismos poetas no escriben lo que quieren, sino que necesitan inspiración. Los antiguos griegos asociaban la inspiración artística con unas ninfas llamadas musas. Según los griegos, ellas eran responsables, no solamente de la producción de obras artísticas como la música o la poesía, sino también de las obras de filosofía y política, siendo varias de ellas escritas en forma de versos y declamaciones. Para la iglesia cristiana era el Espíritu Santo y no las musas la fuente de inspiración. Evidentemente esta inspiración es un proceso subjetivo, y sea cual fuere la entidad espiritual a la que se le atribuya su origen, no podemos decir que constituya una revelación directa del cielo.

La tradición sumeria y la Biblia

Si lo que está registrado en la Biblia no es una revelación directa del cielo sino que refleja tanto las impresiones personales de los profetas y las ideas que eran populares en la época, y si consideramos además que los hechos registrados en los primeros capítulos del Génesis no son reales, ¿cuál es la relación entre la Biblia y las tradiciones de los antiguos pueblos de Mesopotamia? Volvemos a plantear las dos alternativas: 1) Las dos tienen una tradición oral común; 2) Una está basada en la otra. Dado que el pueblo sumerio como civilización alcanzó su esplendor entre el 4.100 a.C. y 2.900 a.C., mucho antes que existiera el pueblo judío y los autores de la Biblia, lo más lógico es pensar que la Biblia está basada en la tradición más antigua de los sumerios. Los sumerios inventaron la escritura en el 3.500 a.C., lo cual permitió que su tradición cultural fuese registrada. En esta misma tradición está fundada la mitología Acadia y Babilónica. Quedaría la pregunta de si los autores bíblicos fueron influenciados por las mitologías de las civilizaciones de Mesopotamia durante el cautiverio del pueblo judío en Babilonia en el s. VII a.C., o si la Biblia es el producto de una influencia más antigua, cuando dominaron los reinos de Acad y Babilonia en el segundo milenio antes de Cristo.

Resulta muy interesante el hecho de que la cosmogonía bíblica no refleja simplemente las creencias de los sumerios, sino más bien la de los acadios y babilonios. Estas últimas tradiciones se basaron en la sumeria, pero no la copiaron simplemente, sino que la transformaron. Desde el tercer milenio antes de Cristo, población semita se había estado estableciendo en Mesopotamia. Reyes semitas reinaban en varias ciudades, las cuales tenían como vecinos a los sumerios. En el s. XXIII a.C., Sargón de Acad, un rey semita, unificó las ciudades sumerias y semitas bajo un solo gobierno. Se originó así el imperio acadio. Una leyenda asiria del s. VII a.C., decía que Sargón había sido puesto en una cesta por su madre, la cual era una sirvienta en el templo de Ishtar. La madre de Sargón puso la cesta en el río Eufrates. Sargón fue rescatado de las aguas por Akki, un hortelano real en el pueblo de Kish, el cual lo adoptó como hijo suyo. Curiosamente  la Biblia menciona la ciudad de Acad como parte del primer imperio que hubo en la tierra, cuyo emperador fue el legendario Nimrod (véase Gén. 10:8-12). El arqueólogo británico Archibald Sayce, ha declarado lo siguiente con respecto a la manera en que la idea semitas transformaron la religión sumeria:

Históricamente los dioses en Babilonia fueron concebidos en la forma de hombres. El hombre había sido creado a la imagen de Dios porque los dioses mismos eran hombres. Pero esta concepción no puede ser trazada a una época anterior al contacto de los sumerios con los semitas. En el Sumer presemítico no existen dioses antropomórficos. Encontramos en su lugar a zi o “espíritu”, una palabra que significa propiamente “vida”, la cual se manifiesta en el poder del movimiento. Todas las cosas que se movían estaban poseídas de vida, y había una “vida” o “espíritu” correspondiente al agua como lo había para el hombre o las bestias [ . . . ] La teología sumeria, de hecho, estaba aún al nivel del animismo [ . . . ] Con el advenimiento de los semitas todo cambió. Los dioses se convirtieron en hombres y mujeres con poderes magnificados y con el don de la inmortalidad, pero en todos los demás respectos vivían y actuaban como hombres y mujeres de este mundo del más allá.1

Según la Biblia, el que dio origen al pueblo y a la religión de Israel fue el patriarca Abraham, el cual se presume que habría vivido por el 1.800 a.C. La Biblia nos dice que Abraham era oriundo de “Ur de los caldeos”, y que Dios se comunicó con él para que saliera de allí para que habitara en la tierra prometida. Hay la posibilidad de que este relato sea histórico, pues en aquella época Mesopotamia estaba siendo objeto de invasiones de otro pueblo semita nómada, los Amorreos. Este pueblo vivía al oeste de Mesopotamia, en Siria y Canaán. En el s. XXI comenzó un asentamiento masivo de amorreos en el sur de Mesopotamia, quizás provocado por una gran sequía que ocurrió en el s. XXII. Esto provocó el colapso del nuevo imperio sumerio y el surgimiento del imperio babilónico bajo el gobierno del rey amorreo Hamurabi. En este contexto, la figura de Abraham resulta bastante factible. La familia de Abraham podría ser de los amorreos asentados en Mesopotamia, el cual habría adoptado el estilo de vida nómada de sus ancestros tras salir de Ur impelido por el mandato divino. Podría ser que este Abraham fuera el promotor de la idea del monoteísmo, un paso adelante en la evolución de la religión antropomórfica semita. La estadía en Ur habría puesto a Abraham en contacto directo con las tradiciones Mesopotámicas. Allí habría comenzado un proceso de reinterpretación de las creencias mesopotámicas llevada a cabo por los profetas y autores bíblicos, donde se habría hecho un filtrado a la luz del monoteísmo antropomórfico de Abraham, eliminando los elementos animistas y politeístas.

Notas:

  1. Archibald Sayce, The Archaeology of the Cuneiform Inscriptions, Second Edition-revised, 1908, Society for Promoting Christian Knowledge, London, Brighton, New York; pp. 93-95.