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El origen de la cosmología medieval

Gracias al triunfo del cristianismo en el s. V., la civilización occidental quedaría libre de muchas supersticiones paganas y se prepararía el camino para el surgimiento de la ciencia moderna. Sin embargo, la nueva religión aún estaba atada al pensamiento antiguo. Cosmología, cosmogonía y dogmas religiosos estaban fuertemente mezclados, de tal manera que no era posible modificar las ideas sobre la naturaleza sin vulnerar el sistema teológico. La Biblia era considerada como receptáculo de una verdad absoluta revelada por Dios en una comunicación directa con los patriarcas, profetas y apóstoles. En el pensamiento antiguo, los dogmas religiosos no solamente dominaban el estudio de la naturaleza, sino que también determinaban la sociedad. Así, cuestionar de cualquier manera la teología oficial implicaba un desafío a la autoridad, un acto de rebelión contra el Estado.

Cuando el cristianismo fue adoptado como religión oficial del imperio, la nueva religión se incorporó en el sistema educativo y las instituciones académicas, de tal manera que llegó un punto cuando el cuerpo de eruditos era cristiano, y todo estudio oficial estaba fundamentado en la dogmática de la iglesia cristiana. Este proceder no es extraño si se considera que para el hombre medieval la verdad absoluta estaba revelada en la Biblia, lo cual tuvo el efecto de fomentar el trabajo de deducción e inferencia basado en la Biblia y el poco interés en los estudios empíricos inductivos. ¿Para qué perder tiempo interrogando a la naturaleza cuando Dios, el creador de todas las cosas, le había comunicado a la humanidad la verdad? Más aún, Dios reveló lo que el hombre necesitaba saber, por lo tanto, ¿no era perder el tiempo irreverentemente buscando otro conocimiento? Todos estos hechos e ideas retrasaron el progreso en los estudios cosmológicos y cosmogónicos durante siglos, en el largo período conocido como la Edad Media. Uno tiende a culpar a la iglesia por este retraso, pero debemos considerar que era natural para los hombres de la edad media tener un pensamiento antiguo. Ellos lo heredaron de los romanos, y es dificil concebir que pudiesen pensar y actuar de otra manera. Así que cuando hablamos de “retraso” lo hacemos en términos de las posibilidades intelectuales y técnicas sin consideraciones culturales.

Los avances griegos

En un principio, los griegos compartieron la cosmología del cercano oriente. Poetas y filósofos en general, como Homero, Hesíodo, Tales de Mileto y Anaximandro, creían en una tierra plana. Los primeros en proponer que el mundo era una esfera fueron los pitagóricos (500 a.C.) y Parménides (475 a.C.). Sin embargo, en esa época aún muchos intelectuales, como Anaxágoras, Empédocles, Demócrito y Heródoto, y el pueblo en general, seguían creyendo en una tierra plana. Sólo fue hasta que Platón (428 – 347 a.C.) divulgara el modelo de la tierra esférica, que dicha idea fue aceptada por los filósofos, aunque el vulgo aún creía en una tierra plana. Cuando los filósofos griegos se plantearon que el mundo era esférico, su concepción del universo cambió. Ya no creían que las estrellas estaban fijas en un domo, sino que el universo era lo que abarcaba una gran esfera, a la cual estaba fijada el sol, y en cuyo centro se encontraba la tierra. Por su parte, Heráclides Póntico (390 – 310 a.C.), explicó el movimiento aparente de la bóveda celeste como la rotación diaria de la tierra.

Los pitagóricos, sin embargo, tenían otro modelo del sistema solar, y esto por razones místicas. Ellos creían que en el centro del universo se encontraba un gran fuego, que no era precisamente el sol, sino que éste y los demás planetas, incluyendo la tierra, giraban alrededor de aquél. Razonaban así por considerar al fuego como el elemento más perfecto, y por lo tanto digno de estar en el centro. Aristarco de Samos (310 – 230 a.C.) calculó el tamaño de la tierra, el del sol y la luna, y la distancia de estos objetos a nuestro planeta. Concluyó que el sol era de seis a siete veces más ancho que la tierra, y cientos de veces más voluminoso. Al parecer la influencia de un discípulo de Pitágoras, Filolao de Crotona (470 – 385 a.C.), y los cálculos de los tamaños relativos de la tierra, el sol y la luna, llevaron a Aristarco a proponer que el sol se encontraba en el centro del universo. Aristarco hizo coincidir el fuego central de Filolao con el sol, debido a que éste era mucho más voluminoso que la tierra, y por lo tanto no tenía sentido que orbitara alrededor de un cuerpo más pequeño.

El sistema heliocéntrico no fue muy popular entre los filósofos griegos. Aristóteles lo rechazó, y según Plutarco, Cleantes de Asos (contemporáneo de Aristarco y líder de los estoicos) pensaba que Aristarco era digno de ser condenado por impiedad por haber “movido” el trono de Zeus. Este es un ejemplo de cómo, desde la antigüedad, la cosmología está asociada con la religión, y que el proponer una cosmología no tradicional puede ser visto como un crimen. Sólo se tiene noticia de que Seleuco de Seleucia aceptara el sistema heliocéntrico después de Aristarco.

Fe y Razón en San Angustín

San Agustín estaba familiarizado con la obra de los filósofos griegos, en particular con la de Platón. La filosofía griega representaba en el s. V el mayor logro de la razón humana. Siendo un hombre educado, a San Agustín le habrá inquietado las aparentes diferencias entre la filosofía griega y las creencias cristianas. Probablemente esto fue lo que le motivo a escribir una obra acerca de la literacidad del Génesis, en la cual propone ciertos criterios para que los cristianos traten convenientemente los conflictos entre la fe y la razón. Era evidente para San Agustín que la interpretación literal del Génesis implicaba conflictos con las ideas entonces en boga acerca de la naturaleza. En su obra él escribió: “En esta obra hay más preguntas plantedas que respuestas encontradas, y de las respuestas encontradas no muchas han sido ratificadas como ciertas. Aquellas que no han sido ratificadas, se han propuesto para un estudio posterior”.

San Agustín es muy cauteloso a la hora de fijar posiciones ante los estudios de la naturaleza. Dice en su libro: “Ahora bien, con la mesura y seriedad que siempre hay que tener en materia religiosa, no debemos creer temerariamente nada sobre un punto oscuro, no sea que lo que después la verdad ponga de manifiesto, aunque no se oponga de ningún modo al Antiguo o Nuevo Testamento, sin embargo, lo rechacemos por defender apasionadamente nuestro error” (De Genesis ad literam, lib. II, al final). Sin embargo, es muy categórico al afirmar que en caso de conflicto, la revelación debe privar sobre cualquier estudio filosófico. Efectivamente:

Se debe mantener sin ninguna duda, y así lo declaramos, que cualquier cosa que los sabios de este mundo puedan demostrar verazmente sobre la naturaleza de las cosas, no es contraria a la Sagrada Escritura; por el contrario, cualquier cosa que aquellos enseñen en sus libros contraria a la Sagrada Escritura, sin duda ninguna creemos que es totalmente falsa y así lo declaramos con toda firmeza. Por tanto, tengamos una fe muy grande en Dios, en el que están escondidos todos los tesoros de la sabiduría de forma que ni nos seduzca la locuacidad de la falsa filosofía ni nos aterrorice la superstición de una religión que no es verdadera (Genesis ad literam, lib. I, cap. 21).

Esta postura de San Agustín dominaría la filosofía cristiana durante la Edad Media y fue la raíz del conflicto entre los científicos y la iglesia en la edad moderna. La predilección de los eruditos cristianos por Aristóteles y Platón llevó a considerar su obra de una manera dogmática, menospreciándose las ideas de los demás filósofos griegos. La cosmología de una Tierra esférica que se hallaba inmóvil en el centro del universo, fue adoptada en lugar del sistema heliocéntrico de Aristarco de Samos y la tierra móvil de Heráclides Póntico. El progreso en el conocimiento de la naturaleza, aunque se retrasó, era inevitable, y al fin afloraron las discrepancias entre lo que percibían los científicos y lo que sostenían los teólogos. En próximas publicaciones abordaremos los conflictos entre fe y razón en el renacimiento.

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