La Biblia es el libro que más ha influenciado la civilización occidental. En ellas se han inspirado filósofos y hombres de ciencia para elaborar explicaciones del mundo. Por mucho tiempo sus declaraciones determinaron las creencias “oficiales” admitidas por la sociedad, hasta que en los ss. XVI y XVII dos hombres retaron la preponderancia de la Biblia para determinar la cosmología. Hemos querido hacer un repaso histórico de la constitución de las teorías cosmológicas de la civilización cristiana para determinar la manera más conveniente de utilizar la revelación en nuestra búsqueda de la verdad.
Las cosmologías antiguas
Las civilizaciones más antiguas, la egipcia, la babilónica y la griega, comparten en rasgos generales la misma cosmología. No consideran al planeta tierra como una esfera flotando en el espacio, sino que creían que el mundo estaba constituido por una gran masa terrestre en forma de disco que flotaba sobre un gran océano, cuyo perímetro también tenía la forma circular. Había dos masas de agua, una que rodeaba al continente, la cual era salada, y otra que se encontraba por debajo del continente, la cual era dulce y alimentaba los pozos, los ríos y los manantiales. Ambas masas de agua se comunicaban. Los mares como el mediterráneo y el mar rojo, serían invasiones de ese mar que rodeaba al continente. Sobre la tierra se encontraba el firmamento, que era un tazón invertido, rígido (de ahí su nombre “firmamento”), el cual sostenía otro cuerpo de agua que se encontraba arriba. Los antiguos identificaban cada elemento de su cosmología con un dios. Así, el firmamento era un dios, la tierra otro, el océano otro y así sucesivamente.

La cosmología bíblica
Al hablar aquí de cosmología bíblica, nos referimos a las creencias del pueblo de la Biblia, es decir, a los hebreos. ¿Refleja la Biblia la cosmología de las civilizaciones antiguas del fértil creciente? ¿O vemos en ella plasmada los modelos griegos más elaborados? ¿O será que la cosmología Bíblica es más avanzada que cualquiera de las anteriores? Este último no parece ser el caso, ya que ni el Antiguo ni el Nuevo Testamento proporcionan muchos detalles cosmológicos, y los pocos que proporcionan parecen armonizar perfectamente con las cosmologías antiguas. Muchos han sostenido que la Biblia se adelantó a su época porque describe el mundo como una esfera. Los versículos a los que se ha hecho alusión son los siguientes: “Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; Cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo” (Pr. 8:27). “El está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar” (Is. 40:22).
Aparte de estos textos, no tenemos ninguna clave en las Escrituras que nos indiquen que el mundo es esférico. Pero nótese que ninguno de los textos dice que el mundo es esférico. En uno se habla del “círculo” del abismo, el otro habla del “círculo” de la tierra. Como todos sabemos de geometría básica, un círculo es un figura bidimensional, no tridimensional. La palabra usada por Isaías es chuwg,1 círculo. Si hubiese querido indicar que el mundo es una esfera, podría haber usado el término duwr,2 pelota (Is. 22:18; 29:3; Ez. 24:5). Luego está el hecho de que se hable alternativamente del círculo de la tierra y el círculo del abismo, o sea, el mar. Si el término “tierra” quiere decir el planeta tierra, ¿por qué hablar del círculo del abismo? No hay una justificación exegética para entender el término “tierra” (erets3) en el Génesis o en cualquier otra parte de la Biblia como lo que hoy entendemos por planeta tierra. Tiene más sentido si entendemos el uso de los términos tierra (erets) y abismo (tehowm4) en la Biblia según la cosmología antigua, es decir, la tierra es el continente único que abarcaba el mundo conocido de las culturas del cercano oriente, y el abismo es el mar primigenio que rodeaba el continente. Ambos, creían los antiguos, tenían forma de disco. Pero aún hay más. Si hemos de interpretar el término “círculo de la tierra” como evidencia de que la Biblia representa al mundo como una esfera, entonces debemos llegar a la conclusión de que los egipcios también poseían este conocimiento, lo cual es bastante improbable. Se han encontrado registros que datan de la época de Rameses II (1304-1237 a.C.) y III donde se habla del “círculo de la tierra”.5 Seguramente esta expresión hace referencia a una masa terrestre con forma de disco que los antiguos creían que albergaba toda la vida terrestre.
Los antiguos creían que el gran continente, oikoumene para los griegos, ese disco de tierra donde habitaban todos los hombres, estaba rodeado por un oceano primigenio, okeanos para los griegos y Nun para los egipcios. La tierra flotaba sobre este mar. La cosmología babilónica estaba basada en la de los sumerios. En la historia épica babilónica de Gilgamesh, se describe un mar que rodea la tierra. Los sumerios por su parte creían que la tierra era un disco que flotaba sobre Absu, un cuerpo de agua dulce. Este mar de agua dulce era el origen de las aguas de pozos, fuentes y ríos, en particular del Tigris y el Eufrates. Los Babilonios llamaban al mar que rodeaba el continente, el “Río Amargo”. Aparentemente el “Río Amargo” y Apsu se comunicaban, pudiendo ser considerados un solo cuerpo de agua. ¿Es el mar de Gén. 1:10 el equivalente del Okeanos griego, el Nun egipcio y el Absu babilónico? Ya hemos visto que en la Biblia se habla de un mar cuyo perímetro es circular (Pr. 8:27; Job 26:10). Adicionalmente, hay evidencias en la Biblia que indican que sus autores creían que la tierra flotaba sobre ese mar. Tenemos por ejemplo el Salmo 136, versículos 5 al 9, que dice:
Al que hizo los cielos con entendimiento, porque para siempre es su misericordia. Al que extendió la tierra sobre las aguas, porque para siempre es su misericordia. Al que hizo las grandes lumbreras, porque para siempre es su misericordia. El sol para que señorease en el día, porque para siempre es su misericordia. La luna y las estrellas para que señoreasen en la noche, porque para siempre es su misericordia.
Evidentemente el texto sigue los acontecimientos de Génesis 1:6-10. Lo interesante del relato del Salmo 136 es que dice que Dios “extendió la tierra sobre las aguas” (ver también Is. 44:24). En Génesis 1:9 Dios declara que se descubra lo seco, dando la impresión que la tierra ya estaba allí. Por lo menos eso es lo que entendemos de la traducción y quizás debido a nuestro pensamiento moderno. Pero si el Salmo 136 ha de considerarse paralelo a Génesis 1, lo que entendían los antiguos es que Dios había creado la tierra extendiéndola sobre el mar. La palabra hebrea traducida por “extendió”, es raqa,6 que significa extender, batir, estampar. De manera que el Salmo 136 concuerda con la cosmología de los antiguos, los cuales creían que la tierra flotaba sobre el mar primigenio. Además tenemos el Salmo 24, el cual dice: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan. Porque él la fundó sobre los mares, y afirmóla sobre los ríos” (Sal 24:1,2).
De manera que según la Biblia la tierra tiene por fundamento el agua, flota sobre él. Esta interpretación se ve confirmada en el Nuevo Testamento. En la segunda epístola del apóstol Pedro leemos lo siguiente:
Estos ignoran voluntariamente, que en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos, y también la tierra, que proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua (2 P. 3:5,6).
Este texto lo estoy citando de la Reina Valera de 1960. Es interesante leer el mismo texto en la versión de 1909:
Cierto ellos ignoran voluntariamente, que los cielos fueron en el tiempo antiguo, y la tierra que por agua y en agua está asentada, por la palabra de Dios; Por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua.
De este texto se entienden tres cosas: 1) que tanto el cielo como la tierra fueron creados a partir del agua; 2) que la tierra “está asentada” en agua, o que está fundada en agua; 3) que por los anteriores hechos el mundo antiguo pereció por un diluvio. Repasemos lo dicho anteriormente. El cielo y la tierra provienen del agua. En Génesis 1 leemos que Dios divide las aguas, y luego crea el cielo y la tierra. De segunda de Pedro entendemos que Dios creo el cielo y la tierra a partir del agua. Este hecho junto con la declaración de que la tierra está asentada en agua, confirma lo que dice el Salmo 136, de que Dios extendió la tierra sobre el agua. Así que cuando Dios dice que se descubra lo seco en Gén. 1:9, lo que nos quiere decir el autor es que Dios está creando la tierra a partir del agua, y no que las aguas se están retirando para dejar al descubierto una tierra que ya existía. Todo esto concuerda con la cosmología de los antiguos. La Biblia además añade otro detalle. Al parecer la tierra se sostiene en el agua por medio de unas columnas. Efectivamente: “las columnas de la tierra son del señor, y sobre ellas ha colocado el mundo” (1 S. 2:8; Biblia de las Américas; ver también Job 9:6; 38:4-6).
Para comprender por qué el apóstol Pedro termina la frase diciendo “por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua”, debemos considerar dos cosas que creían los antiguos: 1) que el agua de manantiales, ríos y pozos provenía del mar sobre el cual flotaba la tierra y 2) el cielo era una bóveda de material sólido, de ahí el nombre “firmamento”, sobre la cual estaban las aguas de arriba. El libro del Génesis se refiere a las causas del diluvio en los siguientes términos: “El año seiscientos de la vida de Noé, el mes segundo, a los diecisiete días del mes, en ese mismo día se rompieron todas las fuentes del gran abismo, y las compuertas del cielo fueron abiertas.” (Gén. 7:11; Biblia de las Américas). Nótese que el agua venía de arriba y de abajo. Las aguas de abajo provenían del “grande abismo”, un término que hace referencia al océano primigenio. Por otro lado, el firmamento impedía que las aguas de arriba se precipitaran sobre la tierra, de manera que cuando fueron abiertas “las compuertas del cielo”, el agua pudo pasar e inundó la tierra.
Una confirmación de que los autores de la Biblia creían que el origen de las aguas de los ríos, pozos y manantiales era un océano que se encontraba debajo de la tierra, son las bendiciones. En Génesis leemos la siguiente bendición dada por Jacob a su hijo José: “Del Dios de tu padre, el cual te ayudará, y del Omnipotente, el cual te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, con bendiciones del abismo que está abajo, con bendiciones del seno y de la matriz” (Gén. 49:25). El contexto de este texto es la prosperidad agrícola, para ella se necesitaba el agua de arriba (la lluvia), y el agua del abismo de abajo. Aparte del agua de la lluvia que hace crecer los cultivos, sabemos que los antiguos empleaban el agua de los ríos para inundar sus campos. Según Génesis 49:25 y Deuteronomio 33:13, esta agua procedía del “abismo”, en hebreo tehowm, que quiere decir mar u océano. Presumiblemente estas aguas del abismo eran el origen del vapor que regaba las plantas antes de que lloviese sobre la tierra (Gén. 2:4-6). El Pentateuco habla de que debajo de la tierra había agua. Por ejemplo: “No te harás ídolo, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra” (Ex. 20:4; Biblia de las Américas). En estas aguas subterráneas la Biblia dice que había peces (ver Dt. 4:16-18; 5:8), lo que parece indicar que los autores de la Biblia creían que debajo de la tierra había una gran masa de agua oceánica.
El siguiente texto ha sido citado como evidencia de que los autores de la Biblia tenían un conocimiento avanzado sobre el ciclo hidrológico: “Todos los ríos van hacia el mar, y el mar no se llena; al lugar donde los ríos fluyen, allí vuelven a fluir” (Ecl. 1:7; Biblia de las Américas). El problema es que a este ciclo hidrólógico, para ser igual al que entendemos modernamente, le falta la evaporación del agua del mar y la lluvia sobre tierra firme. El proceso que se describe en Eclesiastés, en lugar de reflejar lo que comprendemos actualemente, parece hacer referencia a las ideas que tenían los antiguos. El agua de los ríos era vertida en el océano, y de allí volvía a los mantiales, pozos y ríos a través de las aguas subterráneas, el tehowm que se encontraba debajo de la tierra.
En cuanto a la naturaleza y forma del cielo, la Biblia nos proporciona suficiente información para concluir que sus autores lo consideraban un cuerpo sólido en forma de tazón invertido o bóveda. A este cuerpo la traducción vulgata de la Biblia lo llama “firmamento”. Consideremos los siguientes pasajes:
Las nubes le ocultan, y no puede ver, y se pasea por la bóveda del cielo (Job. 22:14; Biblia de las Américas).
¿Extendiste tú con él los cielos, Firmes como un espejo sólido? (Job. 37:18; RV 1909).
¿Puedes con El extender el firmamento, fuerte como espejo de metal fundido? (Job 37:18; Biblia de las Américas).
Las columnas del cielo tiemblan, Y se espantan de su reprensión. (Job 26:11; RV 1909).
De estos textos resulta claro que en la cosmología bíblica el cielo es un cuerpo sólido, hecho de material reflectante y duro, que está asentado sobre algún fundamento, pues tiene columnas. Todas las citas anteriores están sacadas del libro de Job, pero veremos que podemos encontrar indicios de las mismas ideas con respecto al firmamento en otras partes de la Biblia. En el siguiente texto resulta evidente que un temblor de tierra provoca la sacudida del cielo y el oscurecimiento de los astros: “Delante de él temblará la tierra, se estremecerán los cielos: el sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor” (Joel 2:10; RV 1909).
La siguiente cita nos da una clave acerca de la forma abovedada del firmamento:
Él es el que está sentado sobre la redondez de la tierra, cuyos habitantes son como langostas; Él es el que extiende los cielos como una cortina y los despliega como una tienda para morar. (Is. 40:22; Biblia de las Américas).
Habla de los cielos como una tienda que extiende Dios. La imagen de una tienda o carpa sobre el mundo se parece más a la del firmamento con forma de bóveda que a la atmósfera terrestre que es una delgada capa de aire que rodea el globo terrestre, o la del espacio interplanetario. Otro pasaje es el siguiente:
Cuando estableció los cielos, allí estaba yo; cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando arriba afirmó los cielos, cuando las fuentes del abismo se afianzaron (Pr. 8:27,28; Biblia de las Américas).
Dos cosas llaman la atención de este pasaje, el cual está haciendo referencia a la creación del firmamento (Gén. 1:6-8). La primera es que los cielos aquí son un cuerpo sólido, pues dice que son afirmados. En segundo lugar, asocia el trazado del círculo del océano con la creación del cielo. Siendo el firmamento un tazón invertido que toca al océano en el horizonte, al ser creado habrá trazado un círculo en las aguas.
El término hebreo que se traduce como firmamento es raqiya,7 que tiene como raíz el término raqa,6 el cual ya habíamos visto y que significa extender. Es por eso que raqiya es traducido a veces como “expansión” en ciertas versiones modernas, pero este término oscurece el verdadero significado, dando la impresión de que sólo se trata de una espacio vacío. El verbo raqa hace alusión a la obra de un herrero al batir un metal caliente para formar una lámina. De manera que raqiya se puede traducir como lámina. Este es sin lugar a dudas el significado que tiene el término cuando se lo usa en Ezequiel 1. Allí Ezequiel tiene una visión del trono de Dios, de cuyo relato hacemos una transcripción a continuación:
Miré, y he aquí que un viento huracanado venía del norte, una gran nube con fuego fulgurante y un resplandor a su alrededor, y en su centro, algo como metal refulgente en medio del fuego. En su centro había figuras semejantes a cuatro seres vivientes . . . Sobre las cabezas de los seres vivientes había algo semejante a un firmamento con el brillo deslumbrante de un cristal, extendido por encima de sus cabezas. Y debajo del firmamento sus alas se extendían derechas, la una hacia la otra; cada uno tenía dos que cubrían sus cuerpos por un lado y por el otro . . . Y sobre el firmamento que estaba por encima de sus cabezas había algo semejante a un trono, de aspecto como de piedra de zafiro; y en lo que se asemejaba a un trono, sobre él, en lo más alto, había una figura con apariencia de hombre (Ez. 1:4,5,22,23,26; Biblia de las Américas).
El firmamento (raqiya) de la visión de Ezequiel, es una lámina que parece hecha de cristal. Necesita ser sólida porque ella sostiene un trono, el cual es transportado por los cuatro querubines. Este firmamento es una representación del firmamento creado en Génesis 1:6, pues en otra parte la Biblia nos dice que sobre él se encuentra el trono de Dios. Efectivamente:
Así dice el Señor: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Dónde, pues, está la casa que podríais edificarme? ¿Dónde está el lugar de mi reposo? (Is. 66:1; Biblia de las Américas; ver también Salmos 11:4).
¡Cómo has caído del cielo, oh lucero de la mañana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Pero tú dijiste en tu corazón: “Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte de la asamblea, en el extremo norte (Is. 14:12,13; Biblia de las Américas).
Nótese que del segundo texto se entiende que el trono de Dios se encuentra sobre las estrellas, de manera que de aquí se infiere que el firmamento está ubicado por encima de las estrellas también, lo cual armoniza perfectamente con la cosmología de los antiguos, los cuales creían que el sol, la luna y las estrellas estaban fijados al firmamento. Entonces para los antiguos las estrellas no eran otros soles a grandes distancias, de hecho, todos los cuerpos celestes para ellos se encontraban a una distancia muchísimo menor que la que realmente tienen. Los astros se encontraban a no mucha distancia de las nubes. Esto explica que la Biblia haga referencia a la caída de las estrellas: “Y todo el ejército de los cielos se corromperá, y plegarse han los cielos como un libro: y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la higuera” (Is. 34:4; RV 1909; ver también Mt. 24:29; Mr. 13:25; Ap. 6:13). Un texto paralelo al de Isaías se encuentra en Apocalipsis:
Y miré cuando él abrió el sexto sello, y he aquí fué hecho un gran terremoto; y el sol se puso negro como un saco de cilicio, y la luna se puso toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera echa sus higos cuando es movida de gran viento. Y el cielo se apartó como un libro que es envuelto; y todo monte y las islas fueron movidas de sus lugares. Y los reyes de la tierra, y los príncipes, y los ricos, y los capitanes, y los fuertes, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían á los montes y á las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos de la cara de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero (Ap. 6:12-16; RV 1909).
En la cita anterior se asocia el plegado del cielo con la caída de las estrellas y la visión del trono de Dios. Aparentemente lo que se describe es el rasgamiento del firmamento, dejando al descubierto el trono de Dios. Esta idea se encuentra presente en otro texto de la Biblia:
¡Oh, si rasgaras los cielos y descendieras, si los montes se estremecieran ante tu presencia (como el fuego enciende el matorral, como el fuego hace hervir el agua), para dar a conocer tu nombre a tus adversarios, para que ante tu presencia tiemblen las naciones! (Is. 64:1,2; Biblia de las Américas).
Génesis 1:17 dice explícitamente que las estrellas fueron colocadas en el firmamento (raqiya). Es relevante saber que hay otra palabra hebrea que se traduce como cielo, y es samayim. Pero samayim no parece hacer referencia exclusivamente al firmamento, sino que abarca el espacio debajo y sobre la bóveda celeste. Así, por ejemplo, Deuteronomio 4:17 nos dice que en el cielo (samayim8), vuelan las aves. Otros textos donde se usa la palabra samayim son Sal. 2:4; 8:8; 11:4; 72:9; El siguiente texto nos dá más detalles sobre lo que creían los autores de la Biblia acerca de los astros:
Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de sus manos. Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz. Mas por toda la tierra salió su voz, y hasta los confines del mundo sus palabras. En ellos puso una tienda para el sol, y éste, como un esposo que sale de su alcoba, se regocija cual hombre fuerte al correr su carrera. De un extremo de los cielos es su salida, y su curso hasta el otro extremo de ellos; y nada hay que se esconda de su calor (Sal. 19:1-6; Biblia de las Américas).
Este texto nos dice que el sol, mientras no está haciendo su recorrido por el firmamento, se encuentra oculto en una cámara o habitación. Otro texto nos informa que una vez que el sol se pone, hace un viaje para volver al lugar del alba (ver Ecl. 1:5). Una creencia muy parecida tenían los griegos, los cuales pensaban que Helios, el dios sol, una vez que se ponía en el crepúsculo, abordaba una especie de barca dorada, en la cual viajaba por la rama norte del océano primigenio hasta alcanzar el lugar del alba. De todo lo que se ha dicho sobre el lugar del sol en la cosmología de los autores de la Biblia, resulta evidente que sus enseñanzas son incompatibles con un modelo heliocéntrico del universo. Además la Biblia declara muy explícitamente que el sol se mueve y es responsable de su movimiento aparente por el firmamento (Jos. 10:12,13; Job 9:7), y que la tierra permanece inmóvil (Sal. 104:5).
Hay un concepto que empleaban los autores bíblicos y que sólo tiene sentido en una tierra plana, y es la idea de un fin del mundo geográfico. Esta idea la podemos ver plasmada en textos como los siguientes: “Porque él mira hasta los fines de la tierra, y ve debajo de todo el cielo” (Job 28:24). Este texto afirma que se pueden ver los extremos de la tierra desde el cielo. En una tierra esférica es imposible, pero según la cosmología de los antiguos, esto tiene perfecto sentido. Desde las alturas del cielo en forma de bóveda, se podrían observar los confines del oikumene, el continente que la Biblia llama erets, tierra.
Es por eso que el profeta advierte que Dios cogerá el extremo de la tierra para sacudir de ella a los impíos (Job 38:13), como se coge un plato y se voltea. La Biblia afirma que toda la humanidad está comprendida entre los extremos de la tierra (Sal. 59:13; 67:7; 72:8; Is. 52:10). Siendo que la tierra es un disco plano, los extremos este y oeste de ella son los lugares más apartados posibles. El profeta ha escrito: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Sal. 103:12; RV 1909). En cambio, en un mundo esférico, el oeste llega a convertirse en el este.
El fin del mundo ha sido en las culturas antiguas un lugar misterioso, un lugar de ninfas y seres divinos, un lugar donde el cielo se acerca a la tierra e incluso llega a tocar las aguas del océano. En la mitología griega, el extremo oeste de la tierra está asociado con el jardín de las hespérides, un lugar cuidado por unas ninfas. Estas criaturas, aparte de ser llamadas hespérides, reciben el nombre de “hijas del poniente”. En este jardín había un árbol cuyas manzanas doradas eran fuente de inmortalidad, un mito que recuerda el árbol de la vida de Génesis. En el extremo este, por otro lado, vivía Eos, la diosa griega de la aurora (de hecho eos significa aurora en griego). Eos tenía el trabajo de abrirle las puertas del cielo a su hermano Helios, para que transitara el firmamento en su carroza.
Así como el fin del mundo era un lugar habitado por seres sobrenaturales para los griegos, para los hebreos es el lugar donde encontramos a unos querubines o ángeles. Apocalipsis 7:1 nos habla de cuatro ángeles que se encuentran en los cuatro extremos de la tierra. Estos ángeles nos recuerdan a los cuatro querubines que sostenían la lámina de cristal sobre la cual se encontraba el trono de Dios (Ez. 1). Si la visión de Ezequiel es una representación del trono de Dios sostenido por el firmamento, entonces se infiere de esta visión que el firmamento estaba sostenido por cuatro ángeles que se encontraban en los cuatro extremos del mundo. Resulta interesante considerar que un mito nórdico decía que la bóveda del cielo estaba sostenida por cuatro enanos que se encontraban en los cuatro extremos de la tierra.
Los cuatro extremos de la tierra se asocian en la Biblia con los cuatro vientos del cielo (Ejemplo Mr. 13:17) y con los cuatro ángeles, tal como nos dice el Apocalipsis: “Y después de estas cosas vi cuatro ángeles que estaban sobre los cuatro ángulos de la tierra, deteniendo los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento sobre la tierra, ni sobre la mar, ni sobre ningún árbol” (Ap. 7:1; RV 1909). Así que los cuatro ángeles no tenían solamente el cargo de sostener el firmamento, sino además controlaban los cuatro vientos, los cuales la Biblia nos dice que estaban encerrados en cámaras, presumiblemente dentro del firmamento. Efectivamente: “De las cámaras del sur viene la tempestad; de los vientos del norte, el frío” (Job. 37:9, NVI).
Notas
- Número de Strong <2329>
- <1754>
- <776>
- <8415>
- Adolph Erman, Literature of the Ancient Egyptians, London: Methuen, 1927, 259; James Henry Breasted, Ancient Records of Egypt, Chicago: University of Chicago Press, 1906, 4:38, no. 64.
- <7554>
- <7549>
- <8064>

[...] La Cosmología Bíblica, ¿adelantada a su época? [...]
Descubrir que la cosmología bíblica más que una revelación extraordinaria de los orígenes parece una adaptación de las cosmologías contemporáneas puede ser una gran decepción. Plantea muchas preguntas como cuán fiables son los autores de estos escritos. Jesús dijo. “Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?” (Juan 3:12). Aplicado a los autores de la Biblia: si basaron sus escritos en la ciencia de la época y no son una revelación de la verdad científica, entonces, ¿cómo podemos creerles sobre las cosas celestiales? No tengo la respuesta a esta pregunta que ha desvastado los cimientos de mi fe, pero quizá una pista pueda ser que la gran revelación que veo en el relato de los orígenes es que mientras esas civilizaciones contemporáneas confundían materia con inteligencia, dicho de otra forma, atribuían personalidad divina a la materia y fenómenos que no comprendían, el autor del Génesis establece claramente que ese continente llamado tierra, ese mar primigenio o abismo, esa expansión con sus estrellas, no son dioses, sino el producto de una Mente, de un Ser Inteligente. Como lo resume el Salmo 100:3: “Reconoced que Jehová es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos”. Creo que es el gran aporte del libro del Génesis, todo es hecho por un único Dios, que está por encima de su creación. Ese pensamiento es importante para el desarrollo de la ciencia porque la ciencia trata de predecir y, ¿quién se atrevería a tratar de predecir la voluntad caprichosa de un pateón de dioses? Pero predecir los fenómenos, el comportamiento de la materia, ciertamente sujeta a la voluntad de un Dios, pero no siendo divina ella misma y careciendo de voluntad propia, era una tarea menos difícil de abordar.